Josep Fontana o la historia como cañón de futuro.
Por José Antonio Delgado
Josep Fontana publicaba en el año 1982 su libro “Historia: análisis del pasado y proyecto social”* en el que desde una orientación marxista y provocadoramente contrapuesta al academicismo reinante, hacía un recorrido por el quehacer de los historiadores desde los orígenes hasta las últimas tendencias del siglo XX y nos mostraba su visión de la historia como herramienta de análisis y transformación social. El capítulo dedicado a la “Escuela Escocesa” tiene especial relevancia por la influencia que su pensamiento sigue manteniendo sobre la concepción dominante en la actualidad sobre la historia, la política, la economía y el “progreso”. En estos momentos en los que la gran crisis del capitalismo y la incertidumbre y el malestar social generados parecen sumirnos en una búsqueda urgente de soluciones, resulta especialmente valioso seguir las pistas y certezas trazadas por Fontana.
A
continuación reproduzco los párrafos finales del mencionado capítulo que
resumen magistralmente la influencia que ha tenido la escuela escocesa en el desarrollo del capitalismo, y sigue
teniendo en la actualidad (y en las
falsas salidas que se plantean desde el reformismo neoliberal), y al mismo
tiempo nos transmiten una diáfana imagen de la “impronta” social y
revolucionaria que recorre todo el libro y tiñe el pensamiento de Fontana:
“El éxito que ha alcanzado la escuela escocesa
no tiene tal vez precedente en la historia intelectual de la humanidad. Logró
hacernos compartir su visión lineal del pasado, que se establece como una ruta
marcada por revoluciones tecnológicas que abren etapas sucesivas de ascenso
para el hombre. Nos ha hecho aceptar, con ello, su visión del progreso, que
consiste en definir como avanzado todo lo que conduce hacia el capitalismo y la
industrialización, sin aceptar que puedan existir otras formas válidas de
configuración de la economía y de organización de la sociedad, a la que pudiera
llegarse por otros caminos, descalificando las vías alternativas como
retrógradas o impracticables (utópicas). Ha contagiado nuestra visión del
presente, haciéndonos creer que existen unas reglas de la economía que actúan
al margen de la política, y que la sumisión del hombre a un juego
exclusivamente económico, sin coerción alguna, es lo que caracteriza al sistema
en que vivimos. Con todo ello, ha corrompido nuestros proyectos para el futuro
que nos hemos acostumbrado a ver como una superación que nos conducirá a una
etapa más elevada de la industrialización, incapacitándonos para plantear una
auténtica alternativa al capitalismo.
Por
el hecho mismo de que partes esenciales de esta concepción de la historia y del
progreso han quedado adheridas a nuestra visión del mundo, resulta importante
que nos esforcemos en comprender su génesis y su auténtica naturaleza. Hemos
llegado a un punto en que, incumplidas las viejas profecías sobre las que se
cimentaban nuestras esperanzas, no podemos proseguir sin revisar críticamente
la concepción de progreso en que se basaba, para asimilarla con plena
conciencia de lo que significa –de que se trata de un crecimiento para algunos
que sólo puede mantenerse con la explotación de los más-, o para rechazarla y
sustituirla por unos nuevos objetivos que habrán de alcanzarse por otros
caminos.”
* JOSEP FONTANA LÁZARO, Historia: análisis del pasado y proyecto
social, capítulo 4, pag.97
Editorial Crítica, Barcelona
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